Alberto no duerme bien desde que empezó a exportar a Asia.
No es el vuelo, ni el tipo de cambio. Es una mancha café que a veces aparece en la raíz del jitomate y que él ya aprendió a temerle más que a cualquier auditor: Fusarium oxysporum.
Un hongo que puede dormir años en la tierra, sin prisa, como saprofito esperando que aparezca su hospedante, también se trasmite por el agua, y cuando la espora detecta un hospedante (el anfitrión de este post, el jitomate), se generan esporas que invaden las raíces. Luego el hongo avanza colonizando el sistema vascular llegando a las hojas y frutos. La planta se asfixia y no continúa con el transporte de agua y se marchita, cae al suelo y las esporas quedan esperando hasta que venga un nuevo hospedador, o que la planta baje la guardia. Cuando la encuentra, entra por la raíz, sube por el tallo, y en cuestión de días el jitomate que iba directo a un contenedor rumbo a Corea se marchita solo, parado.
Durante años Alberto peleó esa batalla con cloro, como todo el norte del país. Funcionaba, hasta que dejó de funcionar: las bacterias se hicieron resistentes, la vida de anaquel se le acortaba, y en cada auditoría sentía que estaba defendiendo un sistema que él mismo ya no confiaba del todo.
Cambió de arma. Dester 350 ,un ácido peracético octanoíco que no solo mata hongo, esporas, levadura y limo en un solo paso, sino que deja oxígeno disponible en la tierra durante 15 días, dándole a la raíz algo que el cloro nunca le dio: espacio para respirar.
Un mes después, Alberto sacó el cloro de su proceso por completo. Hoy libra sus auditorías sin sudar, y su jitomate llega a Seúl siendo jitomate, no una merma que hay que explicar.
Si tu tierra también está peleando una guerra que el cloro ya perdió, hablemos.
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